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Mil años de oración (2007)
- Valoracion general: 7 (11 votos)
- Género: Dramas
- Título original: A Thousand Years of Good Prayers
- Director:
Wayne Wang
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Críticas de Mil años de oración
Ordenar: cronológicamente, por valoración, por valor de la crítica
desde la sencillez
18.06.2008Es una película sencilla, con una historia abierta, que nos obliga a reparar en la vida cotidiana, en las relaciones humanas. La historia de base es la de un anciano chino que viaja a Estados Unidos para visitar a su hija y tratar de comprender por qué se divorció.
Es una película que juega con los símbolos, a veces a modo de broma, para que interpretemos la historia como una pequeña condensación de la vida.
Empezamos por el pañuelo rojo de la joven guardia roja, que primero sirve para señalar la maleta y luego como alzapaños. Dice el anciano: “es un modo de utlilizar las cosas viejas”. Se refiere nada menos que al símbolo de la revolución comunista.
Otros símbolos son el colgante chino sobre la puerta para identificar su vivienda, que la hija quita y repone. El clavo sin cuadro en la pared, que resume una separación en un centímetro de hierro.
Las muñecas rusas, como la historia, que dentro de un hueco encierran un silencio y un hueco y un silencio. El anciano las recoloca como si tuviera importancia lo que ocultan: otro muñeco más pequeño
El oso de la suerte, cuando el dependiente le aconseja que lo compre porque, aunque no sea antiguo, es "conceptualmente" equivalente.
Y un artilugio como el wok, indispensable para el anciano y que resume la comida china. "No sé cómo puedes cocinar sin él". Pero la noche anterior él mismo había cenado platos similares sin necesidad del wok.
Vivimos amparados por pequeños objetos a los que le damos un simbolismo porque concentran un momento de nuestras vidas. Para nadie significan más que para nosotros. Y vivimos asociados a nuestras pequeñas manías cotidinas, a nuestras pequeñas costumbres para afianzarnos en la vida. Así son los pequeños gestos del anciano: colocar el papel de periódico para no manchar la pared, la lectura del periódico, sus paseos al parque con el termo, la conversación con la mujer iraní.
Con el apoyo de los símbolos y las pequeñas costumbres entramos en las pequeñas historias de la película para que las tomemos también como símbolos: pueden ser anodinas en apariencia, quizá precindibles, quizá ajenas en principio, pero nuestras, siempre nuestras en cuanto que las capturamos por la vista o el oído o por cualquier otro sentido. En ese momento han sido asimiladas.
Simpátic as son las conversaciones en un banco del parque con la mujer iraní, donde los gestos y las entonaciones complementan las escasas palabras que pueden compartir. Esta historia tiene un final aparte, donde puede extraerse más de una moraleja.
La historia principal es la del padre y la hija que llevan doce años sin verse y ni siquiera se abrazan en el aeropuerto, ni tan siquiera se tocan. ¿Por qué ese alejamiento? Ese pequeño misterio se desentrañará en dos monólogos, uno del anciano y otro de su hija, curiosamente narrando casos semejantes en su estado final, pero radicalmente distintos. Sobre esas dos vidas, sobre esos dos sucesos podríamos hablar largo y tendido pero sólo entre quienes hayan visto la película. Es uno de sus temas, la comunicación o la incomunicación.
Repi to la advertencia de quien me aconsejó la película: transcurre desacostumbradamente lenta. Pero no es más que una disculpa para que podamos reparar en los pequeños detalles que el director ha colocado para nosostros. Desde la sencillez hasta donde queramos o podamos llegar. Una película para compartir, para comunicar lo que nos hace sentir. Incluso podría verla otra vez. Gracias S.
Waine Wang, merecías el premio.
Anónimo
Rating: 7
21.04.2008Suavemente llegamos al estado al que nos deporta Wayne Wang, suavemente suceden los acontecimientos de este film. Suavemente nos sentimos padre e hija, entendiendo esas miradas, esos silencios.
Todo empieza en un aeropuerto, Lesley Barber, atended a su composición, nos transporta a una cotidianeidad con acentos de viaje, con violines acompañando los diálogos breves, preguntas y comentarios paternos contestados con monosílabos de una hija que no quiere hablar.
Padre e hija, sin abrazo, intentan entender y ser entendidos. No es una película de acciones grandes, si de sentimientos cotidianos, grandes.
Es una película que habla del camino entre un punto y otro, en un tiempo expresamente marcado. Ni antes ni después sino en el momento en que deben suceder los encuentros, encuentros propuestos sin dudar.
Una película breve, de 86 minutos que no necesitan ser más.
Totalmente recomendable.
Espero que os guste.
El mejor Wayne Wang ha vuelto
17.12.2007El buen cine chino-americano resucita. Otro anciano cocinero sínico revela las cadenas de nuestra “libre” sociedad: abandono del débil, ausencia de compromiso, imposición de la fuerza. Gracias a obras como esta otro mundo es posible.
Después de sus numerosas películas estadounidenses (Smoke, Chinese box, Anywhere but here), retorna la aparición de personajes de origen chino en el nuevo film de Wayne Wang. Y ello le permite volver a hacer cine intimista, en el que los sentimientos siempre universales que afloran en sus películas nos descubren la normalidad de los nuestros. Con una ambientación sobria, y un reducido número de personajes, contemplamos el desplazamiento que realiza un científico chino ya jubilado desde su China natal hasta la casa de su hija, plenamente implantada en la sociedad estadounidense. Con admirable sencillez, sin golpes de efecto, lejos de todo atisbo de grandilocuencia, Wayne Wang realiza una profunda disección de la sociedad de acogida, para poner al descubierto el grado de despersonalización en la que esta ha devenido.
Lejos, sin embargo, de cualquier maniqueísmo, el guión nos presenta el contraste entre dos seres que se quieren pero están, en lo superficial, enormemente alejados por las realidades tan diferentes que los rodean. Por un lado, el padre pertenece a un mundo al que aún no han llegado multitud de avances tecnológicos, y disfruta de una inicial inconmensurable admiración hacia los logros de la “sociedad triunfadora”, Por el otro, la hija se sabe ya inevitablemente ligada a un mundo competitivo, descomprometido, y transmite su escepticismo ante la euforia inicial del anciano “No saques conclusiones precipitadas”. Al mismo tiempo, víctima de su medio insolidario, refuerza su debilidad imposibilitando que su propio padre pueda servirle ninguna ayuda.
Merece aquí mención el trabajo de campo realizado, gracias al cual se nos muestran multitud de detalles de nuestra cotidianeidad, comunes en este caso con la estadounidense. “A thousand years of good prayers” será un documento válido para el estudio de utensilios de cocina y de decoración interior tanto futuros como actuales por parte de personas provenientes de otros contextos.
El científico, gran cocinero como en los grandes films chinos de los últimos 80’ – primeros 90’, va profundizando en el conocimiento de la sociedad occidental, va sufriendo la vulnerabilidad del recién llegado a un entorno que le es desconocido, va reconociendo sus propios errores (“hago cohetes, no buen padre”). Pronto emite las terribles preguntas del lego, las más difíciles de responder: “Hija ¿disfrutas de la vida? Estás muy callada”. Pronto choca con el reverso del mundo que inicialmente le provocó el encantamiento. Es expulsado de la biblioteca por un anónimo guardia jurado y comprueba cómo el trato no se realiza entre personas sino entre eslabones de una cadena profesional, cómo los ancianos son internados en residencias, cómo utilizamos un lenguaje que no expresa sentimientos. Su hija no se comunica con él, más bien se defiende embravecida “soy adulta, sé manejar mi vida” mientras busca la forma de permanecer alejada de él, mandándolo incluso de viaje por el país.
Él, por su parte, en una serie de deliciosas escenas de diálogo minimalista se comunica en su limitado inglés con otra anciana también de visita a sus hijos, proveniente en este caso de Irán y dotada con un nivel léxico incluso inferior. Sirviéndose de ello como excusa, e ilustrando al mismo tiempo la composición multiétnica de aluvión de la sociedad estadounidense, el guión lleva al extremo de la máxima sencillez la explicación de la situación en tantos países: “guerra, dos hombres locos, perdí hija”.
Al mismo tiempo, el científico chino, una vez que ya lo reconocemos como humano que sufre y comete errores, nos transmite a través de sus sencillas frases esa verdad nada sofisticada que recibió en herencia de los suyos: “cómo voy a ver América si la sobrevuelo”, “hacen falta cientos de años para cruzar un río juntos, miles para casarnos y tener un hijo, miles de años de oración…”
Este es el título de un film que mereció la Concha de oro como el mejor del festival, sumado al del la mejor actor. En mi opinión, sin embargo “Mataharis” es una película más completa, con argumento más complejo, con más personajes bien trenzados y sobre todo con un final menos forzado. Este es el defecto que veo a la que para mí fue la segunda mejor película del Zinemaldia 2008, la necesidad de los guionistas por encontrar un final en el que se descubrieran supuestos secretos que aclararan una relación paterno-filial que no lo requiere porque por sí sola describe dos de los extremos que perviven en este mundo globalizado, el que supuestamente avanza y el que almacena fielmente la herencia recibida.
Sólo incluyo una última nota que no tiene que ver con la realización concreta de esta película. ¿Para cuándo un guión de un urbanita en un mundo rural peligroso ante el que siente encantamiento inicial, y posterior aterrizaje en la realidad?.
Inaki Lancelot
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