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Drácula, de Bram Stoker (1992)

Drácula, de Bram Stoker

Crítica de Drácula, de Bram Stoker de Fabricio

Mi vida, en el mejor de los casos, es un padecimiento.

Fotografia de Fabricio Fabricio Rating: 9

15.02.2006La creación de Coppola es un personaje trágico y atormentado, un héroe surreal. En las primeras secuencias impone su magnitud y misterio; en su terrorífico castillo habita con todas las fuerzas de la oscuridad, y en él está condenado a la sangre y a la soledad. La sangre se convierte para la historia en el eje principal: es la sangre la que conjuga la muerte, la unión corporal y espiritual, y la condena divina. Dice Coppola que se trata de la gran metáfora del filme y hace al personaje muy potente. Drácula, entiende su condena y sólo él sabe del padecimiento que sobrelleva su alma. Por esto querrá al menos una calma en la búsqueda del amor que ha sido prohibido, calma que hallará finalmente en su propia muerte. Según Coppola, Drácula “no ama en nombre de la muerte, sino que muere en nombre del amor”. La forma de Drácula es múltiple, adopta la belleza del joven conde Vlad Tepes, el aspecto cadavérico, neblinoso o animalesco; su cuerpo es pura metamorfosis, las formas que complementan y se anulan: es su espíritu atormentado el que produce temor y admiración en los demás hombres, su presencia sintetiza poderes que los hombres comunes y mortales desean en lo íntimo, pero frente a la moral de la época deben combatir: el sueño de la inmortalidad, la dialéctica psicológica interior entre el poder de dominar y el ser domiado por otro poder, el deseo de herir a los que amamos y ser heridos por ellos a causa de nuestros deseos, el conflicto entre el conocimiento racional y la necesidad de ciertos impulsos salvajes. Esto es lo que convierte a Drácula en un personaje fascinante. Dentro de las categorías de valor que establece Omar Calabrese (1), Drácula quiebra la rigidez de su homologación histórica: lo barroco de este personaje desestabiliza la categorización clásica Negativo–deforme–malo–feo–eufórico ya que también puede ser conforme (a la vista idealizada de Mina, por ejemplo) bueno–bello–disfórico. La fuerte ambigüedad del personaje fluctúa y suspende la capacidad de decisión por sus valores positivos y negativos. Por otra parte, Drácula alcanza el más alto grado de afirmación del Yo, cuando proclama como divisa existencial el juzgar a la muerte de Elizabeta, y por tanto a la suya propia, como una injusticia. Desde una perspectiva ético–religiosa tal afirmación es reputada de pecaminosa. Sin embargo, el conde de Transilvania asevera que su conato de inmortalidad no expresa orgullo ni soberbia, antes bien, un personal horror a la nada. Desde el instante en que se reconoce insurgente, el Yo se transforma en excepción, y concita sobre sí la tragedia. Él cuestiona la seguridad ofrecida por la ley general divina invoca el absurdo, manifiesta una herejía que procede de la voluntad. El corazón que debe destruirse para su muerte definitiva representa esa voluntad. El corazón que debe destruirse para su muerte definitiva representa esa voluntad, el campo efectivo del hombre excepcional. El héroe de la excepción asume alternativas extremas: a todo o nada. El ejemplo divino es terminante: cuando Dios le exige al hombre el cumplimiento del pacto, e invoca su amor, lo hace en magnitud infinita: ante Dios el compromiso es también a todo o nada, y no hay espacio para una actitud a medias. La elección absoluta de Dios, y del Yo, están estrechamente relacionados; en este sentido Drácula es imitador de Cristo. Dice Ernesto Sábato que los dogmas se caracterizan por tener una iglesia, una ortodoxia, un papa falible, una Inquisición, y no hay que creer que estas organizaciones sólo aparecen para defender a Dios: algunas aparecen para demostrar su inexistencia (2). Unamuno señala cómo a través de estos sistemas de puro conocimiento solamente puede surgir una sombra de las existencia humana (3). El sentimiento trágico que expresa Drácula parte de una no resignación del hombre al estar en el mundo solamente como conocedor, cuando tiene ante sí al alternativa de salvar –o no– su Yo de la segunda muerte. Drácula ha podido comprender un misterio: lo que hay más allá de la muerte, ha comprendido la verdad atrás del dogma, y esta sabiduría ha nacido pero en la subjetividad del hombre existente; él expresa en esta reflexión interior el ser problemático, como tiempo, la tragedia, como sujeto existente immortal pero también mortal, la angustia, como elector de la posibilidad, y la agonía como vicisitud de la fe por el amor posible. Notas. (1) CALABRESE, Omar (1987): La era neobarroca. Madrid, Cátedra. (2) SÁBATO, Ernesto: Uno y el universo. En: (1970) Obras Ensayos, Bs. As. (3) ARÍSTIDES, Julio (1972): Unamuno, dialéctica de la tragedia existencial. Santa Fe, Colmegna.

Losada.

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